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Bután

Nido del Tigre

Es nuestro último día de la ruta de cinco días en Bhután.

Hoy hemos madrugado muchísimo, sobre las 5 de la mañana, para ponernos en marcha para ir al Nido del Tigre. Se requerían muchas horas de viaje, además de los imprevistos que pudieran surgir. Y así fue.

Los guías ya saben calcular las posibilidades de que pueda haber algún tipo de desprendimiento. Si llueve durante la noche, que esa era la previsión, lo que hubiera podido pasar, ya estaría reflejado en el camino. Es decir, a medida que íbamos avanzando por la carretera, nos encontramos algunos árboles caídos durante la madrugada, hasta que llegamos a un bloqueo. La grúa estaba trabajando para echar por la ladera de la montaña la tierra abajo.

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El camino estaba lleno de monos que iban saltando de árbol en árbol. Nos comentaron que también había animales salvajes en la zona, aunque no vimos ninguno (y tampoco sé si creérmelo).

Nuevamente, nos quedamos bloqueados más de una hora en otro parón. No parecía que fuera tan grave, pero los coches, y más si eran bajos, se quedaban encallados.

Todo el mundo aportaba lo que tenía y colaboraba como podía. Bien con cuerdas, quitando piedras grandes del camino o estirando y empujando los vehículos.

El estado de las carreteras es bastante lamentable, aunque son las mejores de todo el país, así que imaginaros cómo podían ser las otras.

Una vaca pasó por delante de nosotros sin ningún problema, burlándose de todos los que allí estábamo esperando a que se despejara la carretera.

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En cuanto se pudo limpiar la carretera y los coches comenzaron a pasar, parece que vimos algo de luz, a pesar de que el día estaba muy nublado y con una niebla muy espesa.

Tras varias horas de viaje, llegamos a la zona de parking donde, por primera vez y muy lejos, se vislumbraba el Nido del Tigre.

Había unos puestos ambulantes donde compramos alguna cosa. Nos apetecía todo y decidimos que a la vuelta mirábamos más, pero ya no estuvieron.

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Subir al Nido del Tigre

Comenzamos a subir hacia el Tiger Nest, lo que se convertiría en la mejor parte de nuestra estancia en Buthán, sin lugar a dudas.

A medida que se va ascendiendo, hay numerosas estupas, molinillos de oración, fuentes y banderas de oración.

El tiempo no acompañaba demasiado. Comenzaba a llover de repente y hacía frío. Había que cubrirse entero. Salía el sol y nos asfixiábamos, había que quitarse toda la ropa. Y así durante varias horas, concretamente las dos de subida, la visita y la bajada. Unas cuatro o cinco horas en total. Es el inconveniente de viajar a Bután en época de monzones.

Las vistas eran preciosas cuanto más ascendíamos. El paisaje y el bosque que te rodea es magnífico: frondoso, de color verde musgo, riachuelos en cualquier rincón… Había gente que iba ayudada de palos de trekking, y que en algún momento echamos en falta, dado que era demasiado empinado. No obstante, nada difícil para quienes pudieran tener algún temor en un principio, como yo.

Otra opción era pagar a porteadores de mulas, y subir a lomos de la misma. Ayuda bastante, aunque nosotros no nos lo planteamos.

A mitad de camino, paramos a comer en el único restaurante que hay, con vistas panorámicas al Taktshang. Se trata de un buffet con vistas en el que comes lo que quieras. Allí mismo se pueden comprar cosas típicas de Bután, en una pequeña tienda que hay.

Seguimos nuestra caminata, y cuanto más subimos más niebla se ponía. A mí me asustaba quedarnos allí atrapados, pero nada más lejos de la realidad.

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Era algo agotadora la subida, pero os aseguro que tiene un premio más que merecido. Una maravilla irte acercando al monasterio.

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Monasterio de Taktsang

Taktsang que data del siglo VIII y es uno de los monasterios más espectaculares del país por su emplazamiento algo inaccesible, encastado en un risco del Himalaya, concretamente en el valle de Paro.

El templo fue construido por primera vez en 1692 donde Guru Padmasambhava, según cuenta la leyenda, meditó durante tres años, tres meses, tres semanas, tres días y tres horas, en el siglo VIII.

A Padmasambhava se le atribuye la introducción del budismo en Bhután y es la deidad tutelar del país. Hoy, Taktsang es una elegante estructura que se ha convertido en el icono cultural de Bután.

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Se cree Padmasambhava voló a esta localidad desde el Tíbet en la parte posterior de una tigresa. Taktsang en tibetano significa literalmente «la guarida del tigre».

Una leyenda alternativa sostiene que una ex esposa de un emperador, conocido como Yeshe Tsogyal , voluntariamente se convirtió en un discípulo de Guru Rinpoche (Padmasambahva) en el Tíbet. Ella se transformó en una tigresa y llevó a Guru en su espalda desde el Tíbet hasta Taktsang en Bután. En una de las cuevas, el Gurú realizó entonces la meditación y el lugar se convirtió en santo.

A medida que te acercas al Nido del Tigre, se debe pasar una zona muy frondosa. Un desnivel con varios escalones, y ver aparecer y desaparecer el monasterio en numerosas ocasiones, significaba que ya estábamos llegando.

Ver que ya toca pasar la pasarela que nos transportará definitivamente al Taktsang, tras haber bajado numerosos escalones al borde un precipicio perfectamente protegido, es imposible de explicar.

Lo que realmente se siente al llegar arriba es indescriptible, hay que vivirlo, pero es un privilegio. Para mí, uno de los sitios más espectaculares en los que he estado jamás.

La visita puede durar una hora aproximadamente, o menos si la haces más breve. A nosotros, viniendo del Tíbet, nos resultaba difícil comprender las diferencias relacionadas con la religión. Hablábamos mucho con nuestro guía de ello, y eso dilató nuestra permanencia en el monasterio.

Ya habíamos digerido que el budismo del Tíbet era una filosofía, un estilo de vida, y ahora nos explicaban que no, que era una religión, con algunas diferencias. Nunca lo llegamos a asimilar demasiado bien.

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Bajada del Nido del Tigre

Ya nos tocaba volver a bajar, y nos daba pena. Queríamos haber disfrutado algo más del sitio. Nos tomamos un té con un religioso que había allí; y que nos invitó también a unas galletas. Nos supo a gloria. Teníamos la ropa húmeda y tras aquel ascenso vertiginoso, algo de comer entraba de maravilla.

La niebla iba y venía constantemente. Tanto se veía un día precioso como completamente cubierto

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Nuestro guía era de la zona, y se conocía a la perfección el monte. Dado que había llovido bastante y estaba todo embarrado, nos buscó un camino alternativo evitando aquellos llenos de barro y que patinaban. Se agradecía bajar entre piedras y plantas en lugar de los senderos enfangados que nos habíamos encontrado a la subida.

Era hora de despedirse del Nido del Tigre. Seguimos haciéndonos numerosas fotos para el recuerdo, y observamos por última vez el increíble monasterio enclavado en el acantilado. Y os aseguro que nunca lo olvidaré.

A la vuelta hacia Paro estábamos exuberantes. Exultantes. Llegamos a la ciudad y dimos un breve paseo por sus calles.

Una vez de vuelta al hotel Drukchen, nos retiramos temprano porque teníamos que levantarnos muy temprano para coger un vuelo que nos llevaría a Kathmandú nuevamente.

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