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Tíbet

Monasterio de Samye, Yumbulagang y Lhasa

Nos levantamos a las seis y media de la mañana para aprovechar el día. Estamos de viaje en el Tíbet durante 8 días recorriendo la Carretera de la Amistad y hoy es nuestro primero íntegramente en esta zona del Himalaya.

Las carreteras en esta meseta no te permiten correr demasiado, por ello hay que ir con tiempo y sin prisa. Pero da igual, el paisaje es precioso y no podemos dejar de observar por las ventanillas de nuestro coche.

Lo que no dé tiempo a visitar, no pudo ser. Esa debe ser la primera premisa en el viaje. Nosotros no marcamos los tiempos, lo hacen la ruta marcada y el Estado chino.

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Monasterio de Samye

Madrugamos para llegar pronto al Monasterio de Samye, el primer monasterio que visitamos en el Tíbet, a 136 km de Lhasa. Y no solo el primero, sino el templo budista más antiguo del Tíbet.

Fue fundado en el año 779 dC, durante el reinado del rey tibetano Trisong Detsen y se respira ese ambiente místico y que tanto se repite en Los Himalayas.

Es un lugar de especial importancia para los peregrinos tibetanos. Hasta hace cinco años, cuando se construyó la carretera, estaba completamente aislado.

Samye se encuentra perdido en las montañas, es un sitio muy especial. Es increíble como impregna el ambiente el olor de las velas, de manteca de yak. Un olor con el que nos familiarizaríamos, ya que todo olía así, pero nunca desagradable.

El complejo monástico, que tiene forma de mandala, está compuesto por un edificio principal y varias estupas menores. Todo ello, dentro de una muralla de color blanca y que representa el monte Meru de la cosmología budista.

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Entrada al Templo de Samye.

Era la primera vez que nos mezclábamos con los tibetanos, en su cultura, y resulta imposible dejar de observarlos y fijarse en cada uno de los pasos que dan, cómo dejan limosnas en forma de billetes en cualquier rincón o como pasean con sus termos.

No dejan de quemar ramas e inciensos en las grandes chimeneas que hay.

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El interior del templo es mágico. El olor de la manteca junto con los monjes que no dejan de rezar y de recitar una vez tras otra los mantras y enseñanzas de Buda, el Om mani padme hum, es inolvidable.

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El monasterio de Samye es una auténtica Universidad, fuente de conocimiento, sabiduría y cultura. En ella conviven cientos de monjes dedicados a la oración, la meditación y un sinfín de disciplinas en las que se especializan.

Por las tardes, tal y como vimos a posteriori en el Monasterio de Sera, hacen debates entre monjes profesores y alumnos.

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Ropa lavada y tendida en uno de los edificios universitarios-residenciales de Samye.

Los monasterios de Samye son una maravilla que no habría que dejar pasar antes de llegar a Lhasa, pero por una cuestión de tiempo, no todos los guías lo recomiendan si se va a hacer la Ruta de la Amistad.

Para acceder a esta zona debes desviarte del camino a Lhasa, por lo que no siempre se visita Samye, es una cuestión de tiempo. Pero he de reconocer que es lo más, o de lo más auténtico que hemos conocido.

Es poco visitado por los turistas y mantiene el encanto tibetano perdido en muchas zonas.

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Tibetanas tomando té a la salida del Monasterio de Samye.

Yumbulagang

A continuación, nos llevaron al palacio de Yumbulagang, a 12 km del monasterio de Samye y ubicado en un enclave en la ladera de una colina.

Fue construido por el rey Nyatri Tsedpo y se dice que fue el primer palacio del Tíbet, erigido en el siglo II aC.

Según una leyenda, alguna vez fue un palacio de verano del rey Songtsen Gampo y la princesa Wencheng. También fue un monasterio de la escuela Gelugpa (una escuela de budismo tibetano de la que su actual líder es el Dalái Lama).

El castillo Yungbulakang sufrió graves daños durante la revolución cultural china, pero fue reconstruido en 1983.

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Palacio de Yumbulagang.

Debido a los tiempos tan marcados y escasos que teníamos para visitar cada templo, apenas pudimos disfrutarlo. De hecho, no entraba en nuestra visita, pero nos empeñamos en conocerlo, aunque no pudiéramos visitar el interior.

Lo vimos desde muy cerca. Si alguna vez vuelvo en mi vida al Tíbet, sé que volveré a esta zona a disfrutarlo más lentamente.

Comimos de camino a Lhasa. Pedimos que no nos llevasen a los típicos sitios turísticos, como la noche anterior, sino donde comería un tibetano.

Entramos en una aldea con cuatro casas y un pequeño restaurante/casa con un par de mesas, donde nos prepararon un caldo y unos noodles con lo que tenían, y que solo podría definirlos como exquisitos. Comeríamos por unos 2 o 3 dólares.

Cuando proseguimos nuestro viaje, nos encontramos una romería local que convirtió el día en más auténtico si cabe.

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Nos acercamos a saludarles, aunque lo que nos pidieron fue una propina.

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Al retrasarnos por la mañana en nuestra visita, llegamos muy tarde a Lhasa y ya no pudimos hacer el resto de visitas programadas.

Lhasa

Yo llegué dormida, pero al entrar en Lhasa me desperté. Hay que hacer numerosos trámites antes de llegar, pero no importó.

Ver a los lejos el Potala es una sensación imposible de explicar. Creo que nunca he visto un edificio tan espectacular y que me haya transmitido tanto, la realidad es que es magnífico. Colosal.

Nos habían advertido que Lhasa había perdido parte de su encanto, que ya no es lo que era, y estábamos preparados para lo peor. Nada más entrar te das cuenta que es una ciudad grande, con enormes edificios. Es China.

El guía nos dejó en el hotel y nos dio la tarde libre para pasear por nuestra cuenta por el centro de la ciudad. Fue lo mejor que nos pudo pasar.

El hotel Yaoxi Pingkang era precioso y estaba muy bien ubicado, junto a Barkhor Street. Dejamos todo y nos fuimos corriendo a sus calles. Entramos en la parte antigua de la ciudad, pegado al hotel.

Barkhor Street

Barkhor Street, el barrio tibetano de Lhasa, donde se encuentran los resquicios de esta cultura, es impresionante. Una calle más atrás, no sabes en qué ciudad de China te encuentras. Pero es callejear, llegar a Barkhor y encontrarte con el templo de Jokhang y ya vuelves a estar situado.

Para acceder a la plaza del Jokhang, algo así como la catedral de Lhasa si se me permite la comparación, se deben pasar controles de policía. La ciudad está muy protegida, pero en ningún momento resulta incómoda su presencia ni te sientes intimidado. Sino todo lo contrario, tranquilo y protegido.

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Plaza del Jokhang.

El templo está rodeado por el llamado kora de Barkhor, un circuito de peregrinación y desde el que se ramifican muchas callecitas del mundo tibetano antiguo.

Son unos 800 metros, que se recorren en sentido de las agujas del reloj y donde confluyen diferentes razas o civilizaciones de tibetanos que vienen de toda la meseta.

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Algunos llevan semanas andando para llegar al Jokhang. Y lo hacen de la forma que suponga una mayor penitencia. Es una forma especial de llegar a Lhasa: dan tres pasos y se arrastran al suelo con unas maderas en las manos que les ayudan a deslizarse. Algo agotador, extraño difícil de entender, pero que son las particularidades de cada una de las religiones. Había quien lo hacía hacia adelante y quien lo hacía en paralelo, lo cual les hacía avanzar más lento.

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Penitentes que llegan desde cualquier población del Tibet al Jokhang.
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Penitentes que llegan desde cualquier población del Tibet al Jokhang.

Las callecitas de esta zona son las típicas tibetanas, con las tiendas llenas de encanto y objetos antiguos, además de un intenso ir y venir de peregrinos a cualquier hora del día, dando vueltas a sus molinillos de oración. Todo ello hacen de Barkhor Street uno de los lugares imprescindibles de Lhasa.

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El entrada del Jokhang está repleto de tibetanos orando o esperando para acceder al mismo.

Todo es especial. No hemos podido estar más entretenidos viendo el paisaje y paisanaje. Una tarde estupenda. Y lo pintoresca que es la gente de las montañas, cada etnia. Ellos saben diferenciarse por las ropas. Nuestro guía nos explicaría más adelante algunas de ellas y de que zonas provenían.

Jokhang en Barkhor Street en Lhasa, el Tibet. Viajar al Tibet. Viaje al Tibet. Carretera de la Amistad. Friendship highway

Cenamos en un restaurante algo turístico por la zona del templo, Lhasa Restaurant. Y cuando terminamos, no nos resistimos a coger una especie de tuk-tuk chino y acercarnos al Potala y conocerlo de noche. Un espectáculo recorrerlo bajo la luz de las estrellas.

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El Potala de noche.

Blanco sobre el cielo azulón negruzco. No tiene nada que ver visitarlo de día y de noche. ¡Se ha convertido de uno de mis lugares favoritos en el mundo!

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