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  >  Tíbet   >  Lhasa: Potala, Sera y Jokhang
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En Lhasa, fuimos mal de tiempo los dos días completos que estuvimos. Y a mí en particular se me hicieron cortos. Me hubiera gustado quedarme, por lo menos, un día más.

Nos levantamos muy temprano y antes de quedar con nuestro guía, nos fuimos a pasear nuevamente a Barkhor Street.

Es imposible no querer estar todo el día en la calle e impregnarse de esta cultura maravillosa. Ver las joyas y las prendas tradicionales, observarles para ver cómo es su día a día, cómo ponen en práctica su religión. TODO.

Volvimos al hotel, nos recogió el guía y nos fuimos todos juntos en coche en dirección al Palacio del Potala. Ya serían cerca de las 10. Nos llevó la mañana entera visitarlo, hasta el mediodía aproximadamente.

Es curioso cómo tienen registrados todos los datos de lo turistas: el ticket del Potala tiene impreso el número del pasaporte de cada uno de los visitantes.

Visitar el Palacio del Potala

El Palacio del Potala es la antigua residencia del Dalai Lama hasta su exilio y construido en 1645 en una colina, el palacio contiene 1.000 cuartos, 10.000 templitos y 200.000 estatuas religiosas.

Este día nos tocó un guía diferente, especializado solo en la capital tibetana. Fue un placer escuchar la historia de su ciudad, sus costumbres, su situación, sobre el exilio del Dalai Lama. En realidad sobre cualquier duda que nos surgiera. Y principalmente sobre budismo, ya que lo entienden no solo como una religión, sino como una forma de vida. Es filosofía y ciencia espiritual, de la mente. Complejísimo de entender.

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Tras pasar el control de seguridad, nos disponemos a subir las escalinatas de acceso al edificio, unos 400 escalones. El edificio tiene una altura de 130 metros y se tarda unos 10 minutos en subir, ya que es un placer ir observando las vistas que ofrece el ascenso.

Además, es imposible ir más deprisa debido a la fatiga que puede entrar por el mal de altura. Insisto, con precaución, nosotros no padecimos en ningún momento este molesto síntoma.

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El Potala está construido sobre una roca, la colina roja. Visualmente consta de tres colores, blanco, rojo y amarillo, los cuales corresponden a los distintos palacios, destinados a la residencia del Dalai Lama, a la antigua administración y Gobierno tibetano, y al seminario, para el estudio y oración de los monjes.

Enseguida se llega al patio o terraza que hay justo antes del acceso al Palacio Blanco, donde se encuentran las dependencias privadas del Dalái Lama, concretamente del decimotercer y decimocuarto, ya que el actual no está reconocido por el estado chino.

Es curioso el grosor de las paredes y como protege de la temperatura y lo bien que ventila. Para los budistas, cualquier rincón es bueno para dejar una limosna.

En el interior de este edificio se pueden visitar el salón del trono, el de recepciones, la sala de meditación y el dormitorio del Dalái Lama, que aún contiene algunos objetos personales.

La visita se debe hacer con alegría, ya que únicamente se cuenta con una hora para visitar el Edificio Blanco debido a la gran afluencia de turistas (y pasa muy deprisa).

En el interior del Potala no se pueden hacer fotos, a mí incluso me hicieron quitarme las gafas de sol mientras esperaba en la cola que hicimos en la terraza de acceso a las estancias del Dalai Lama, por si pudiera estar grabando. Solo en los lugares abiertos se pueden tomar imágenes y son más bien pocos.

A continuación se accede al Palacio Rojo, en el que se visita la capilla de Jampa, de los Mandalas Tridimensionales, de la Victoria contra los Tres Mundos, con una increíble colección de libros, de la Felicidad y las tumbas del varios Dalái Lama.

En el Potala descansan los restos de trece Dalai Lamas, en unas fastuosas tumbas de varios metros de alto, elaboradas con oro y piedras preciosas donadas por los tibetanos.

La visita se ha hecho muy corta, y ya toca salir del edificio. Se baja por la parte trasera del Potala. Otra vez estamos impresionados con las vistas sobre la ciudad y con la amabilidad de los tibetanos.

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Comer en Barkhor Street

Al terminar, fuimos a comer a la zona Barkhor Street, a un comedor de tibetanos abierto al aire libre. El día anterior habíamos cenado en un restaurante que no nos gustó y queríamos entremezclarnos nuevamente con los nativos y su cultura.

El restaurante eran mesas corridas en un patio, donde cada uno se sentaba donde consideraba. En cada una de ellas había de termos con té. Es de mala educación rechazarlo.

Había una pequeña ventana abierta que comunicaba con una cocina desde donde se pedían y servían los platos. Una sopa caliente con fideos fue nuestro almuerzo. Os aseguro que más auténtico no lo hay.

Monasterio de Sera

Al terminar fuimos al templo de Sera, a unos 6 km del centro de Lhasa. Nunca habíamos visto nada similar. Teníamos previsto visitar antes el Monasterio de Drepung, pero no tenemos tiempo suficiente y nos ha recomendado el de Sera por ser más auténtico (y había que escoger).

Todos los días de tres y media a cinco de la tarde hay un debate entre los monjes del monasterio. En Sera existe una escuela de budismo, donde por la mañana toman la lección y por las tardes, en patios y abierto al público, debaten el aprendizaje. Es curiosa la forma de preguntarse unos a otros. Sentados en círculos, un monje de pie hace una pregunta mientras levanta una pierna y da una palmada. Entonces empiezan a debatir amistosamente con los compañeros la pregunta lanzada. Es el único sitio donde los turistas pueden ver a los mojes debatir.

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Templo de Jokhang

El templo de Jokhang fue la última visita del día. Como os comentaba, íbamos corriendo a todos las debido a que no hay apenas tiempo y todos los monumentos cierran muy temprano.

Es el templo budista más sagrado de Tíbet y de peregrinaje para los tibetanos. Contiene la antiquísima estatua de Shakyamuni Buddha traída desde Nepal, conocidas pinturas murales y una maravillosa azotea de oro con vistas a la ciudad y a las montañas.

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Pasamos las últimas horas de la tarde paseando nuevamente por la vieja ciudad. Hay que callejear y salirse de las calles meramente turísticas para conocer la Ancient Town. Aprovechamos para comprar algunos regalos para los nuestros, como molinillos de oración antiguos, que regateamos bastante. Veníamos de Kathmandú y Lhasa nos parecía muy cara.

Para cenar nos volvimos al hotel, que tenía una terraza muy agradable y nos tomamos una deliciosa hamburguesa de yak con patatas fritas. No os imagináis lo increíble que estaba.

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Deliciosa hamburguesa de carne de yak con patatas.

Al acabar, no nos resistimos a volver a pasear por el Barkhor Bazaar, y allí nos fuimos de nuevo, para despedirnos de la ciudad antes de emprender nuevamente el viaje por la carretera.

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